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El señor de las arenas

Senderos

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Es extraño. Había allí mucha gente. Y un texto del que yo mismo no me acordaba muy bien, pero que no quedaba mal. Escrito sin mucha fe pero con mucha ilusión, paradoja increíble. Siempre un placer poder ayudar a los amigos. Estaba Virginia, de la que incomprensiblemente nunca me enamoré pero que es la mujer más atractiva que haya conocido nunca. Un atractivo que intimida, y que va mucho más allá del fisico, que ya es decir. Y estaba Ana, una mujer de la que me enamoré incomprensiblemente una tarde gris de un gris mes, cuando ella era mucho menos atractiva que ahora y yo mucho menos tonto. Un sitio repleto de gente, en el que, como casi siempre que hay mucha gente, me sentía un tanto incómodo. Aunque por suerte está siempre gente a la que apetece mucho saludar y que le rebajan a uno la tensión. Como Vicky, o como Victor y Marisa.

Volví hasta el coche casi sin hablar. Pensando en lo absurdo que es tomarse la vida tan en serio, y en lo especial que es ese tipo llamado Tausiet. Una de las pocas personas que pueden disfrutar de cualquier día del año llevando sólo en el bolsillo un mechero y algo de tabaco. Y hacer de ello algo especial. Un tipo del que nunca se acaba de aprender. Un tipo de otro tiempo.

Por el camino oscuro del coche, volví a hacer una tablilla de defixión electrónica. Uno de esos actos que, a puro de repetirlos, se han convertido en superchería. Te mandé ese mensaje que tú sabes, para decirte eso que recuerdas y a lo que no harás caso una vez más. Pero mandado está. Si no pasa nada, no será culpa mía, sino del Demiurgo. Me digo a mi mismo intentando ponerme la venda antes que la herida. Y deseo que contestes con la amargura del silencio respondiendo.

En medio de la noche desoladora del actur, que es más desoladora que la de la ciudad romana, digamos, saludó mi indolencia una mano provecta. Un hombre ancianísimo y una anciana medio tullida se apoyaban entre dos coches. Paré. Dos ancianos perdidos y agotados. Solo supieron decirme que vivían en una calle cuyo nombre ya no recuerdo, bastante lejos de alli. Ella estaba desvalida de sus piernas y el ni siquiera sabía donde estaba. Es curioso lo mucho que el señor se parecía a mi abuelo. Mi abuelo Manuel murió antes de lo que a sus nietos nos tocaba, hace 25 años, cuando yo tenía 6. Casi no tengo de el recuerdos, pero a pesar de ello, me cruzo de vez en cuando con ancianos que tienen la edad que ahora tendría el y me recuerdan a su recuerdo de forma a veces impactante. Con precisión, porque de el casi no tengo recuerdos. Sus manos afiladas apenas tenían fuerza para subir a mi coche. Me ofrecí a llevarlos, claro. Mi abuelo, si viviese ahora, seguramente tendría las mismas dificultades para subir a mi extraño coche. A mi viejo maestro inglés, al que le digo las cosas que debería decirle a mi abuelo si no se hubiera ido cuando a sus nietos aún no les tocaba. Les llevé a la calle, como un taxista fantasma, intentando sacarles la angustia del cuerpo, aunque será su cuerpo el que se vaya de la angustia más antes que después. Ella sólo estaba desvalida de su físico, y recordaba perfectamente el camino. El estaba desvalido de mente. Así que hacían una pareja perfectamente compenetrada y desvalida.

Bajaron del coche con mi ayuda y con dificultad. Quisieron pagarme, en vano, claro.

De vuelta a casa, en el garaje, coincidí al fin con el dueño de ese precioso Volvo S40 de primera generación que aparca dos plazas más allá. Es un negro senegalés, que tiene un espejo en el fondo de la plaza. Hermosa metáfora. No se de qué, pero hermosa. Apagué a los Red Hot Chili Peppers, y entonces se oyó la música que surgía del Volvo. Y no era Yussou N'Dour o Salif Keita, sino Julio Iglesias. Que salía de ese precioso Volvo, discreto y nada espectacular, pero lleno de encantos. Como las mujeres de las que suelo enamorarme. Siempre sin exito, como al adivinar la música de mi vecino de garaje.

Llegué a casa, y en el correo no había ningún mensaje tuyo, otra vez.

Y aquí estoy, escribiendo esto como un idiota, en vez de estar durmiendo. Escribiendo esto para que mañana, cuando despierte para salir con mi bicicleta, no me haya olvidado de que sucedió de verdad. Ojala fuese tan bueno escribiendo que hubiera podido inventármelo. Ojala pudiese entender lo que sucede.

2 comentarios

Marcelo -

Estamos en el mismo barco.

Una vez más.

EsperanZa -

Me alegro... de tu regreso...

Un abraZo

Te recomiendo un libro preciossso... "Minorias de uno" se puede pedir por internet...