La sonrisa atómica
En tu sonrisa atómica están las de todas las mujeres que amé una vez. Aunque estés mucho más lejos de mi alcance que sumando lo lejos que estuve de cada una de ellas. Un mundo por en medio. Pero al tiempo tan cerca. Por tus ojos achinados, con tantas historias que contar, pasean al tiempo las imágenes mojadas de aquellos otros ojos. Y el olvido gesticula en tus manos para evocar unas manos siempre cálidas, siempre tendidas hacia mí, aunque demasiado lejos para mis entumecidos brazos.Todo se parece cuando uno busca con ansia. Por eso tú te pareces, porque eres irrepetible. La vida baila al son de tus carcajadas y bajo el timbal de tus sollozos, esos compañeros ocasionales con los que tropiezas de tarde en tarde. Esos que visitan de tarde en tarde cuando se vive apasionadamente. Tu masiva vitalidad hace que la realidad se deforme a tu alrededor, y que el espacio - tiempo sea un poco más bello, las personas un segundo más felices, y los sentimientos y sensaciones libres y sinceros por un glorioso instante.
En tu sonrisa atómica, lejana pero cotidiana, firme y sincera, están todas las mujeres que amé en alguna ocasión. Tu sonrisa es, hasta para un encallecido peregrino de las dunas, un regalo inesperado, maravilloso y cotidiano. Porque está llena de vida, esa de la que eres una maestra, y una perpetua aprendiz.
Siempre recordaré que una vez te conocí.
En el cielo oscuro y estrellado de Alejandría un desconchón y una gotera anuncian el cambio de era. Ya no parpadea una vieja máquina, ingenio arcano, con sus luces titilantes y su cantinela a ritmo de mantra del próximo oriente. Hace tiempo que en Alejandría se oían siempre sugerentes canciones de todo el mundo, canciones que bailaban con el silencio, al ritmo de vidrios y cerámicas. Desde tiempo superior al que yo mismo puedo recordar, una bella mirada, siempre diferente, recibía la entrada a la ciudad. Ese Sancta sanctorvm en el que las constelaciones anunciaban un futuro mágico e incierto. Lugar de conspiraciones y de inspiraciones amorosas, en el que flotaba una cierta calma filosófica, bajo los ojos de Lucía, junto a las ventanas a otros mundos, frente a los ojos del deseo.
No fuimos vecinos solitarios en el frío de Noviembre. No pasé a tu cama a acurrucar tu mirada vitriosa aquella noche sin luna. No nos quedamos, algún que otro día, dormitando entre el amanecer reflejado de la ventana de enfrente, despistando a la mañana que habría de borrar nuestro secreto.