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El señor de las arenas

STTL

STTL

No recibo muchos abrazos al año. Ni los doy. Supongo que es consecuencia de un carácter entre tímido y envarado.

Pero nos fundimos en un abrazo. Los tres, fuerte, sostenido, emotivo.

Sonreías cansada, pero en el fondo de tus ojos había una chispa.

No sabíamos que era la última vez que nos saludaríamos. O si. Quizá si, los tres.

No soy creyente. Y sé que tú no lo eras. Pero hoy deseo con todas mis fuerzas que después de esta vida haya otra que sea mucho más justa contigo.

Que en la otra orilla haya abrazos esperándote.

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Knosci Heautón

Knosci Heautón

Como respirar libremente tras mantener el aire un largo tiempo debajo del agua. Aunque sea por un segundo. Así me siento cada vez que vienes a mis sueños.

Enigmática.

Como la pitia de Delfos.

Y ni siquiera hay un sacerdote dispuesto a interpretar el misterio de tu presencia.

Ni siquiera una enrevesada frase.

Solo un abrazo

De manera que, ante tanta fascinante oscuridad, he aprendido a contentarme con verte.

Que te aparezcas cuando desees.

Portando un mensaje que no sé descifrar.

Me alegraré, como un perrillo. Hasta que se me olvide por qué estaba alegre y vuelva a husmear el olor inconfundible que dejas en mis sueños.

El mensaje de Ivozar

El mensaje de Ivozar

Diez años post la carreta de heno. 

Veinte cada veinte veces, hace mil setenta y dos. 

Primero fui a la gran casa bajo la roca.

Luego a la pradera sagrada de los gigantes.

Después al templo del fondo del valle, junto a la fuente.

Finalmente a la gran torre del viento.

Y alli estabas tu, de entre los ciento cincuenta invisibles. Como un gran secreto desvelado. Solo a mi. 

Y hoy estoy aqui, sentado sobre mi biblioteca, pensando en la ley del péndulo. Y en lo maravilloso que seria que, después de todo, existiese el Plan.

Abu

Abu

Filename: Pílades

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Si un día faltase, vendrían a tí para buscarme. Taciturno y misterioso, sentado en tu trono, desafiante con el dedo sobre tu boca como Harpócrates niño. En tus entrañas, corrientes telúricas que viajan por cables terrenales. Aquí encontrarían un solar repleto de extraños exvotos. Y tu hablarías con tus enigmáticas sentencias, inconexas, acompañadas de fotos descontextualizadas.

Como un Golem

Como el Plan

¿Me crearías tú a mi, de nuevo, tras haberte creado yo a ti? ¿O sólo hice que encontrarte? En latín, "Inventar" y "Encontrar" se decían con la misma palabra.

Miro a la "hasmia" sobre la que te asientas y el vértigo me aterroriza. Pero me reconozco en la familiaridad de esta desasosegante novela espasmódica. Podría borrarte, reescribirte. O simplemente olvidarte. Pero por alguna oscura razón (todas las razones importantes son oscuras y ocultas) siempre vuelvo a entregarte mi reliquia, una vez tras otra.

Aquí estarías. Aquí encontrarían mis versos abruptos, las frases sin sentido. Todo lo que encaja. Solo aqui, aqui adentro.

Oculto a la vista de todos.

 

angst

angst

Que en este año pueda conseguir alcanzar algo de paz interior. Que sepa al menos encontrar el límite donde la angustia termina. Que pueda saber que detrás de la frustración existe un mundo en el que se puede respirar llenando los pulmones.

Que pueda vivir

Porque si no, todo se me llevará por delante. Sin escapatoria. No tengo la más minima duda

Long way

Long way

Sin que me veas, en algún momento

También lloraré por tí

Y por mi enciclopédica estupidez

Turn off

Turn off

¿Y no despertar un dia...?

Ultima estacion

Ultima estacion

Datan y Abiron

Road

Road

¿Adónde se ha ido el mundo?

Está todo lleno de caníbales...

Lonely Oak

Lonely Oak

Inmenso, disperso, silencioso, como un roble milenario. Inmóvil. Con las raíces hundidas y profundas a cientos de metros, fundido con la tierra, condenado a vivir inmóvil, sin más expectativa de cambio que acabar siendo la guarida hueca de un tejón o un trepador azul.

Acorralado, como si el bosque hubiese huído hace décadas. Apenas viendo al roble más cercano a una milla, y con la montaña que alimentó tantos sueños de empresas heróicas, hoy oculta por la línea de un horizonte dibujado de muros grises y sucios de hormigon de protección oficial.

Desubicado. En este antiguo bosque sagrado en el que sus antepasados fueron venerados, y hoy el último roble es acorralado, incapaz para escapar. Justo llegado para ver cómo desaparece su razón de ser. El roble solitario junto a la rotonda.

Mirando de reojo a esas ruinas de las que contaban que pertenecían a un monasterio en el que, siglos atras, los hombres se refugiaron para preservar el saber de otros hombres sabios del pasado de perderse en la sima del tiempo. Lo consiguieron, aunque nadie fuese después a recuperarlo.

Pero los robles, ni siquiera saben escribir, solo susurrar historias al viento de la tormenta. Historias que ya nadie escucha. Y ya no temen al rayo, sino a los traicioneros hombres.

Tasca

Tasca

Le costó algunas horas y unos cuantos pasos difíciles que su rudo pero sobrio todoterreno alcanzase el lugar. También alguna equivocacíón, en cruces que en la memoria eran diferentes. Todo el camino, una fina capa de ceniza aparecía en los rincones del bosque, pero a esas horas de la tarde, cuando el sol había iniciado ya la cuesta abajo tras las montañas, el hayedo aparecía tan oscuro que era difícil saber cuáles eran las partes quemadas y donde se habían salvado los árboles. Afinó el olfato como un rastreador comanche, pero no acertó a detectar el torvo olor a quemado latente bajo la tierra. A su nariz sólo acudía el suave olor a gasóil mezclado con polvo que su coche levantaba. Alcanzó al fin el último claro del bosque a partir del cual un paseo a pie le llevaría hasta el lugar.

Anduvo entre los árboles, en una zona que parecía desconocer el pavoroso incendio que metros más abajo había arrasado el bosque como si el mundo se hubiera marchado para siempre. Algunos helechos, y lianas, se dejaban descolgar de los troncos de los árboles, y la tasca se esponjaba bajo sus pasos mientras, hacia arriba, el arbolado comenzaba a dispersarse y dejar pasar la última luz del ocaso indicando que estaba ya rondando los dos mil metros.

Alli estaba la caseta.

Después de rodearla como un depredador inexperto, se decidió a abrir la puerta. Le costó algunos empellones, pero al final la caseta se dejó abrir. El polvo había barnizado todo el interior, como en un abandonado cuadro en una sacristía de un pueblo deshabitado. Algunas estanterías vencidas por el envejecimiento de la madera habían dejado caer algunos libros sobre la mesa, y la escueta cocina parecía a la espera de una receta que la revitalizase. Paseó aturdido por su interior, reconociendo los objetos y los rincones, sometido a un atronador bombardeo de recuerdos, por un instante. Cogió un libro del suelo. Pensó en soplar el polvo, pero en su lugar lo retiró con la mano, lentamente, como acariciando a un recien nacido. Una vieja edición de Boecio, amarilleada, pero intacta en su contenido, apareció bajo la capa de tiempo.

Reparó entonces en el escritorio. Un cuaderno abierto y una vieja pluma habían sucumbido a la pátina de la inmovilidad. El cuaderno levemente arrugado por la humedad mostraba aún unas líneas sin terminar. Retiró el polvo solemnemente y leyó algunas frases, luego otras páginas, saltando entre ellas como en un juego de adivinación.

Pasó a la siguiente página, inmaculada aún, protegida por el envejecimiento de las de encima. Sacó de su bolsillo un bolígrafo nuevo, cuyo brillo contrastaba con los que aún permanecían en un cubo de madera sobre el escritorio. Se sentó, y se inclinó sobre el cuaderno. Lanzó un breve vistazo sobre la ventana, donde ya se mostraban las estrellas de forma exhuberante.

Escribió una línea:

"Anoche soñé contigo. Otra vez"

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Goethe

Goethe

Después de tanto tiempo, me he dado cuenta.

No eras más que un hermoso yunque en busca de otro martillo.

Melencholia I

Melencholia I

Siempre que te vengo a ver te tengo de hallar o estudiando o dibujando o trazando. Bien sería tomases algunos ratos de placer, porque como sabes, la mucha continuación del estudo engendra melancolía, y la mucha melancolía incita y mueve enfermedades. No sin causa el viejo Catón manda entremeter placeres a vuelta de los cuidados.

Diego Sagredo; Las medidas del romano; 1564

* Grabado: Melencholia I, Alberto Durero, 1514

Marco Aurelio

Marco Aurelio

Es sencillo ver cuándo uno esta equivocado. Cuando tiene la impresión de que el mundo entero se equivoca.

Marco Aurelio, en el libro que dejó a sus hijos llamado "Meditaciones" venía a decirles que no se enojasen o apenasen por aquello que, siendo de su naturaleza, pudiese afectarles negativamente, porque no estaba en sus manos evitarlo.

Si uno trata de que el mundo sea un poco mejor, de ayudar a cualquiera que lo necesite, de esforzarse por una idea y por un fin, y a cambio recibe un mundo un poco peor, el desierto completo a la hora de apoyarse, y el hurto de los fines sin que medie esfuerzo alguno... No es el mundo el que se equivoca.

Pero está uno de más. No tiene sitio

Ego Ruderico

Ego Ruderico

La gente fue saliendo. Lentamente.

Al alba, en trenes ruidosos y torpes que trataban de esconderse  por áridas vaguadas. Los perros que no tuvieron la suerte de terminar ahogados en el fondo del río con una piedra atada al cuello, murieron persiguiendo al tren dias y noches, o atropellados por él.

Las tierras fueron quedando yermas. Las casas fueron saqueadas, y sus puertas secuestradas. Los gorriones emigraron al pueblo de al lado, donde unos ancianos agrietados los vieron llegar y supieron que su hora estaba cerca.

Las viviendas quedaron violadas y aturdidas en medio del páramo naranja. Las flores se subieron a las tumbas extrañadas de tanta calma.

Fue una noche. El pueblo quedaba atrás, y el tren se resguardaba entre la ténue silueta de las montañas dejando que su humareda flameara al viento como la capa de la misma muerte.

El silencio conquistó el lugar, y ni los fantasmas quisieron quedarse.

Fue hace poco, no tanto. Fue no muy lejos, aqui al lado. Quizá ahora, quizá aqui.

Roadside

Roadside

Aqui me pongo a cantar

Al compás de la vigüela

Que al hombre que lo desvela

Una pena extraordinaria

Como el ave solitaria

Con su cantar se consuela

...

De "El Gaucho Martín Fierro", Juan Hernández, 1872

Beowulf

Beowulf

¿Quien anda ahi? - gritó nervioso desde el fondo de la intrincada cueva, y retrocediendo hasta una de las grietas más estrechas y escondidas. Las sombras avanzaban subiendo por las bóvedas de piedra cristalizada. Como un amanecer, el indeciso brillo anaranjado de una antorcha fue penetrando levemente en el último apéndice de la tierra. Miró a una vieja espada semienterrada en el suelo, pero estaba demasiado lejos para que su miedo la alcanzase. Finalmente, una silueta encorvada apareció portando la tea ante él.

¿No vas a salir ahi afuera a matar a la bestia? - Inquirió la silueta. Miró al suelo por un segundo, aún atemorizado. Después recorrió con su mirada el interior de la cueva en un silencio hiperventilado. Incapaz de articular un paso. 

Al tenue resplandor de la vela, la vieja espada semienterrada brilló lánguidamente. Pareció haberse abierto la cueva como el patio de la casa de un fósil milenario.

Alzó la vista, y pareció dar un paso fuera de la grieta que le cobijaba...

Los fantasmas de Zaragoza

Los fantasmas de Zaragoza

Hoy he creído verte. Ha sido sólo un segundo, un nanosegundo.

Creía que había conseguido olvidarte, que estabas en el baúl de las cosas olvidadas. Las cosas importantes, en un baúl estiloso. Pero olvidadas.

Y no. Ha sido un segundo, un milisegundo. He temblado. Hasta que he descubierto que no eras tú.

Pero ha sido un segundo agotador, como una eternidad. He temblado.

No entiendo nada, Cristina, no lo entiendo.

El señor de las arenas

El señor de las arenas

No fue todo en balde. Simplemente no hubo nada.

Al final, no fue un camino, sino un deambular. Cuesta descubrirlo, al menos hasta que al final acabas llegando al lugar del que partiste. Que no han pasado mil kilómetros, sino cien metros, que no han pasado cien años, sino diez minutos.

Pero la impresión es de que, al igual que el universo en expansión, todo está más lejos a cada minuto, todo más oscuro.

No acerté en ningún cruce, en ningún mensaje. Y si acerté fue por error.

Ahora entiendo que quizá todo no ha servido para nada, que no ha sido más que una persistente alucinación. 

Nunca fui tan clarividente como el día en que descubrí al Señor de las arenas. Nunca 

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