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El señor de las arenas

Como una pelicula

Como una pelicula

Deseaba que hubieses sido la primera. De alguna forma, eres la primera.

¿Fuera o dentro?

¿Fuera o dentro?

¿Y si al final, lo evidente fuese lo más impensable...?, ¿Si las cosas fueran lo que parecen, por descabelladas que pareciesen...?

Specvlvm Mvndi

Specvlvm Mvndi

Sal

Como la simiente de sal, junto a la que nada crece

Delirio

Delirio

No hay lógica alguna para todo esto.

Aunque por otra parte es algo a lo que estoy ya acostumbrado. Después de cinco eternos años consagrado a conseguir verte de lejos en un paso de cebra, o poder compartir dos paradas de autobús contigo. Ahora vuelve a ser igual. Con una diferencia sustancial: entonces tu sólo recuerdo me hacía vivir, era mi principal argumento. Si las cosas iban mal, me bastaba con recordarte. Si iban bien es porque te veía. Ahora en cambio, quisiera morirme cada día. Y en mi vida, todo es una catástrofe.

Ojala fuese un cretino, para poder decirte que me has abandonado. Ojala pudises pensar como un egoista, y echarte en cara que no contestes a mis correos, que no me llames. Decirte que te has olvidado de mi.

Ojala te tuviese delante para pedirte perdon por dudar de ti. Para decirte que te he abandonado, que, derrotado por no poder estar cerca de ti, he dedicado todos mis esfuerzos a olvidarte. Y que por eso no te llamo cada vez que pienso en ti, y no he ido a ver tu casa.

Dentro de algunos años volveremos a estar cerca. No me cabe duda. De nuevo tu habrás vivido diez años por cada uno de los míos. Seguiré siendo un niño para ti, seguiré viéndote inalcanzable y próxima a la vez. Seguiré aprendiendo a tu lado como no he aprendido con nadie.

Y quizá  entonces descubriré que nunca he dejado de quererte, por mucho que me lo haya estado diciendo a mi mismo. Que ahora mismo, mientras escribo esto, mientras no puedo recordar algunos detalles de tu cara, o de tu voz, te sigo queriendo como no he querido a nadie. Aunque se que no leerás esto. Que se lo cuento a un agujero en la red.

No imaginas hasta que punto todo esto es una catástrofe. En la que, efectivamente, lo más importante que he perdido es a mí mismo. Irremediablemente. 

De Dracone...

De Dracone...

Desde el día en el que leí en el periódico por primera vez que se acercaba un eclipse anular. No podría olvidar aquella mañana, sobre la terraza de aquel bloque. Con mi vieja cámara y tu vieja camiseta roja de estar por casa.

Aquella luz plateada y las nubes enrolladas en aquel largo husillo que cruzaba el cielo. Quizá aquel día pensé que podía pasar aquello que desease con más fuerza. Aunque no soy capaz de recordar si me atreví a desearte a ti.

Ha sido hoy, al abrir la lente del telescopio. Cuando he encontrado la lente solar puesta. Cuando el corazón se me ha oscurecido en un noventa por ciento, y mi temperatura ha bajado a la mitad.

Al abrir aquella caja que, la última vez que vió la luz, fue un maravillos día en que soñamos juntos, pero cosas diferentes.

Nube negra

Nube negra

Cuando busco el verano en un sueño vacío,
cuando te quema el frío si me coges la mano,
cuando la luz cansada tiene sombras de ayer,
cuando el amanecer es otra noche helada,

cuando juego mi muerte al verso que no escribo,
cuando sólo recibo noticias de la muerte,
cuando corta la espada de lo que ya no existe,
cuando deshojo el triste racimo de la nada.

Sólo puedo pedirte que me esperes
al otro lado de la nube negra,
allá donde no quedan mercaderes
que venden soledades de ginebra.

Al otro lado de los apagones,
al otro lado de la luna en quiebra,
allá donde se escriben las canciones
con humo blanco de la nube negra.

Cuando siento piedad por sentir lo que siento,
cuando no sopla el viento en ninguna ciudad,
cuando ya no se ama ni lo que se celebra,
cuando la nube negra se acomoda en mi cama,

cuando despierto y voto por el miedo de hoy,
cuando soy lo que soy en un espejo roto,
cuando cierro la casa porque me siento herido,
cuando es tiempo perdido preguntarme qué pasa.

Sólo puedo pedirte que me esperes
al otro lado de la nube negra,
allá donde no quedan mercaderes
que venden soledades de ginebra.

Al otro lado de los apagones,
al otro lado de la luna en quiebra,
allá donde se escriben las canciones
con humo blanco de la nube negra.

"Nube negra", Joaquin Sabina, "Alivio de luto", 2005.
Joaquín Sabina, con letra de Luis García Montero. Música Pancho Varona y Antonio García de Diego

Astrolabio negro

Astrolabio negro

El horizonte de afiladas dunas. Arenas, quizá de la mente, fallizas, movedizas. Entonces ¿Hacia donde? cualquier dirección ofrece suficiente garantia de vacuidad. O quizá más concretamente ¿Para que?. ¿Hasta cuando?. Tomar la decisión de ir hacia ninguna parte. O, para ser precisos,hacia la nada, de la que se procede.

Este frío y afilado viento...de la infancia

Sobre un breve viaje a Madrid

Sobre un breve viaje a Madrid

Es una calle cualquiera, solo apta para perdidos, indígenas o peregrinos que buscan algún inocuo santuario. Por tanto un bar cualquiera, con restaurante y una minúscula barra a la que sus formas curvorectas hacen parecer aún más minúscula. Una mujer madura y ajada se apoya en un café con leche con algunas lentas palabras hacia la camarera, a la que aún no he conseguido ver la cara, después de tres cortados un carajillo y un revuelto. Debe de haber gente en el comedor, pero no viene demasiado ruido, quizá porque es sábado y los que tienen que trabajar tampoco están muy locuaces. La señora ajada insiste en sus lentas y carraspeadas palabras con la camarera "Anda que lo de Nueva Orleans..." dice mirando a la televisión. Hasta ese momento no había reparado en que existía una TV, uno de esos plasmas agazapados en un rincón, proyectando un infecto canal musical. La mujer ajada miraba a la televisión solo por escenificar. "Vaya problema" contesta la camarera, con su melena negra y sus gafas alargadas. Es delgada, y alta, con una larga melena negra recogida en una elegante coleta. Pero su camisa blanca y pantalón negro de alta escuela la hacen parecer una bailarina del Bolshoi cuando salta de la máquina de café a la registradora, y devuelve cinco céntimos brillantísimos a un joven con mono azul al que, inexplicablemente, no había visto en la esquina de la barra. Mientras miro de reojo a la tienda de la otra acera, que todavía no abre, se hace fuerte en la banqueta de mi izquierda una anciana señora que había saludado con familiaridad "Buenos días Ana", y luego repitiendo el saludo por su nombre de pila con la mujer ajada, el joven del mono azul que se había cruzado en la puerta, y un taciturno lector de periódico que aspira un café con leche de pie junto a la escalera. Ana contesta educadamente, y se pone de inmediato a prepararle una tostada "La tostada ¿verdad?". La anciana coge con dificultad una servilleta del servilletero que está delante de mi café cortado, y la pone parsimoniosamente sobre la barra. A continuación comienza a sacar pastillas de un pequeño monedero, de colores variados, tamaños insospechados y aspectos amenazadores. "Si no tienes tostadas ponme un tortel, Ana, no te pongas a hacerla solo para mi" le dice a la camarera. Pero Ana insiste en hacer la tostada, varias veces contra la insistencia de la anciana en no molestar, hasta que la insistencia de ambas está a punto de hacerse molesta para los demás, que observan la escena aparentemente rutinaria.

Un ruido de plásticos detrás de mi me recuerda que la tienda no ha abierto aún, y tengo ya alguna prisa por ver todos esos artículos tan apetecibles. No sin cierta dificultad por las varias horas de autobús y algún transbordo de metro, me giro para comprobar que el ruido de plásticos proviene de un enorme ramo de rosas tras el cual se parapeta un repartidor treintañero con una sonrisa entre pícara y tierna. Dice un nombre que empieza por "Ana", a lo que la mujer ajada responde con una melancólica exclamación. "¡Que bonito!" dice mientras una sonrisa abrileña sorprende a su arrugada boca. Ana afirma con seriedad "Soy yo", mientras recoge el ramo sin mover un músculo de su afilada cara. "¿Es Nacho?" pregunta la mujer ajada, a lo que Ana responde con un lacónico "No", acompañado de una marginal sonrisa a nivel de comisura. "Y esto" añade el repartidor alargando a Ana una pequeña cajita con aspecto de encerrar una petición de matrimonio, una disculpa o un perdón dificultoso. Ana lo recoge con rígida sonrisa, mientras la anciana de las pastillas y la mujer ajada cruzan sus melancólicas miradas en busca de algún recuerdo traspapelado.

Ana firma la entrega, y recoge el ramo de flores en la trastienda del bar. Sale de nuevo a la barra con una tímida sonrisa sobre su camisa blanca. Las mujeres continúan esperando una confesión que no llega, mientras sigue preparando la tostada de la anciana de las pastillas. "Un euro" me dice.

Dejo la moneda sobre la barra, mientras un hombre manchado de pintura blanca ocupa educadamente la banqueta que acabo de dejar caliente. La mujer ajada sigue sosteniéndose sobre su café con leche mirando de reojo al ruidoso ramo de rosas. La anciana de las pastillas corta con dificultad la tostada, y descubro que el joven del mono azul nunca llegó a salir del bar, y sigue apostado en el extremo de la barra. Al salir por la puerta, dejando entrar a otro muchacho con mono de trabajo, tropiezo con la voz de Ana "Gracias, hasta pronto".

La calle anodina sigue ahí, y la tienda ya ha abierto. Es sábado por la mañana, y la poca gente que anda por la calle acierta a duras penas a refugiarse en los pocos bares que están abiertos...

Cuentos de la luna pálida de agosto

Cuentos de la luna pálida de agosto

Habia pasado un par de veces a mi lado, mirándome de reojo mientras un hombro y la cadera seguían un ritmo balcánico con seductora indolencia. Su cintura, vagamente oculta bajo una especie de peto, incapacitaban para ver nada mas alli. Ni dardos, ni luces, ni gente entrando y saliendo. Supe que algo especial iba a suceder cuando se acercó a mi, lentamente, sin dejar de seguir aquel ritmo de tambores, cajones y trompetas.

Me habló al oido. Las luces pardas y el olor de psicotrópicos dejaban de existir junto a aquellos insospechados ojos azules de larga melena negra.

Volvió a marcharse hacia el fondo. Los recuerdos salían huyendo por la ventana para dejar sitio a la emoción y la sensualidad. En aquel lugar enigmáticamente mágico, en aquel tiempo aparentemente inofensivo. Alli sucedió todo. Una pasión sin medida, miradas eléctricas, sonidos acústicos, y caderas rítmicas. Lo inesperado, lo deseado, lo soñado.

Aún recuerdo a cada momento las últimas y sugerentes palabras que me dijo acercándose a mi, mirándome con sus ojos imposibles, hablándome al oído, como si aquellas palabras no debiesen perderse nunca. Acercó sus labios a mi cara, poniéndo los codos sobre la barra, y me dijo:

"Son once con cuarenta"

Arenas...

Arenas...

El horizonte. La proximidad,hacia atrás es hacia delante, ya no existe.

Luna de agosto

Luna de agosto

Era el concierto perfecto. La canción perfecta. El lugar perfecto. Esas guitarras afiladas sobrevolándome, voces y saltos como telón de fondo. Esa canción extrañamente desasosegante, dolorosamente afectiva, próxima. Como en esos vídeoclips en los que una masa de gente se ve ralentizada. Buscaba tu nariz apuntando hacia el escenario, o un poco más arriba. Ese flequillo, algo retrasado,acariciándote las cejas, que instantes antes abanicaba las nucas de quienes estaban delante de ti. El contacto de tu mano, si, también. No sé por qué, pero lo busqué. Quizá tu cintura estrecha, esas caderas que siempre te parecieron anchas, y a mi siempre sección áurea. Sabía que me sonreirías cuando te dieses cuenta de que te miraba. Y que ni siquiera tendría que forzar la voz con los labios sobre tus oidos para decirte nada. Para decirte lo que sabías solo con mirarme.

Era el concierto perfecto, aquel en el que siempre soñé que estarías conmigo.

Pero no estabas.

Nosce te ipsvm...

Nosce te ipsvm...

Es un día cualquiera. Pero un día especial. Ese en el que te sorprende lo sorprendente, en el que hallas lo que nunca se halla. Lo he visto docenas de veces. Las nubes por debajo de uno, las montañas debajo, los valles como el mar rodeado de montañas.

Pero este día, ese sol de bronce corriendo con su carro para esconderse en ese lecho de algodón. El horizonte imposible, el lugar del mito. Un momento único, al pie del monte Parnaso, observando lo venidero y lo pasado. Con la hasmia bajo la cabeza, y esos vapores sulfurosos en forma de nubes, que son los susurros del dios a los oidos marmóreos de la pythia.

Las musas danzando sobre las orillas de las nubes, y los hombres debajo embebidos en sus cuitas, sus amores y sus guerras.

Ayer subimos a recoger el fuego, para llevarlo con nosotros de vuelta a las ciudades.

Has puesto mi vida...

Has puesto mi vida...

Como el charco que se enturbia con la pisada, y al tiempo recupera la claridad, dejando a los caminantes ver el fondo

Tormenta de arena

Tormenta de arena

"Salió hace algunos días. Lo sé porque vi huellas de un solo camello, sin carga. No sé si huia, pero desde luego nunca se desplaza sin varios camellos y algunas pertenencias" El ajado cabrero miraba un poco por encima del hombro hacia atrás, como si esperase que alguien le sorprendiese. Aunque detrás de él solo hay una llanura en la que, de un golpe, se ven tres días de camino.

"¿Dice entonces que El señor de las arenas abandonó sus dominios?" Preguntó con estupefacción.

"No. Digo que salió. Que huyó, se fue. Se refugió en algún lugar donde no quisiera ser encontrado. Hacia años que no lo había hecho. Yo aún era niño" Hizo una pausa algo congestionada "Síntoma de cosas revueltas...como una tormenta de arena en el horizonte" La alemana miró su cuaderno como buscando una nota perdida, pero solo para apartar la vista de la cara asustada y agrietada del cabrero.

"No lo busque" Dijo el cabrero mientras daba la vuelta hacia el monte donde sus animales ramoneaban.

Vida extra...

Vida extra...

El mundo es curioso. El azar... El azar es aquella ley que aún no hemos aprendido a enunciar.

¿Hay un camino directo desde Juan Rulfo hasta Eva L? ¿Incluso cuando Eva L existía desde mucho antes que Juan Rulfo? o al menos surgieron sin relación aparente.

Un camino que pasa por el Inem, por una cafetería pija, por los recovecos de la mente, por la Feria del Libro, por Luis del Val, por el Inem, por Luvina, por Julio Cortázar...

Hasta esos ojos brillantes del pasado...

Vive hoy...

El sabio que comia hierbas...

El sabio que comia hierbas...

Cuentan que en cierta ocasión, un sabio que había caido en desgracia, lamentaba su desdicha envuelto en andrajos por los jardines de su ciudad, y mientras lloraba sus penas con amargas palabras, arrancaba hierbas del suelo, las mordía y las arrojaba hacia atrás. En esto anduvo el sabio pensando en las gracias que había perdido, y en todo lo que no tenía, cuando, al volverse hacia atrás, encontró que otro hombre andrajoso detrás de él comía las hierbas que él tiraba masticadas.

Paradise Lost

Paradise Lost

Es este un lugar que resulta dificil creer que exista. Incluso ahora, que estoy en él, mirando a la nada en todas las direcciones. Por eso he venido aqui a llamarte. Nunca has estado aqui, pero aqui yaces entre las flores que son mis sueños como la Ofelia de Millais. Inerte como en mi memoria, irreal como este mismo lugar. Que resulta dificl creer que existe. Inerte porque yo te maté de tanto quererte.

En este lugar irreal tu voz suena como si te hubieses ido. Como siempre cuando la oigo, todo da la vuelta, arranca, se ilumina, se oscurece, yo que se. Pero tu voz está camino de otra parte. Camino de su camino. Tu voz está de viaje solo porque no va hacia donde yo había soñado antes de venir a este lugar que resulta dificil creer que exista. Al que había venido sólo para llamarte.

Después de tanto viaje, de tanto salitre en mis labios, cualquiera puede ver que no quiero salir del mar. Abandonar la corva nave para poner pie en una tierra que no es con la que yo soñaba en las largas noches bajo el cielo del ponto. Porque Citerea solo existe en mis cartas de navegación. Solo en las mías.

Pero tu voz sonaba serena. Feliz, diría. Calmada, madura. Desde este lugar que resulta dificil creer que exista, tu voz daba el timbre de una realidad que siempre me resultó dificil creer que existe.

Mientras, mis sueños flotan en el agua serena de este lugar irreal, rodeando tu recuerdo inerte, algo que nunca fuiste tu. Ojala ahora pueda amarte a ti, y no a tu reflejo en el lago de mis sueños egoistas. Como la Ofelia de Millais.

Steve Earle y Allison Moorer

Steve Earle y Allison Moorer

Reconozco que a menudo me dejo superar por el miedo a disfrutar. Por el miedo a lo nuevo, incluso a lo excitante. No lo puedo negar.

Por eso estoy especialmente feliz de haber ido a ver el concierto de Steve Earle (gracias Marcel), y no sólo haber recuperado ese pitido en mis oidos de la música en directo, sino haber recuperado y aprendido algunas sensaciones refrescantes y estimulantes. Disfrutar de la música, de la gente, de la fascinación por una bella mujer (que más da si virtual o ensoñada).

Sé que en el fondo de estas arenas sigue habiendo tierra húmeda, agua, hierba. Sé que tras este viento seco y punzante hay aire fresco y azul.

Sigo recordando, sigo aprendiendo. Gracias a todos los que me enseñáis, aunque a veces parezca dar la espalda a todos.

El sueño de la razón...

El sueño de la razón...

Vienes de cuando en cuando a visitarme a mis sueños. Puedo ver tu cuaderno de bitácora, tu huella virtual en lugares virtuales. Puedo llamarte, enviarte mensajes en botellas cibernéticas, que acaban en manos de los indígenas de otro continente aún desconocido.

Pero sólo obtengo en ello el silencio de la brisa sobre los tomillos de mi alma.

Sé que no será para siempre. Pero en este viaje sólo puedo añorarte