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El señor de las arenas

El camino hacia Itaca...

El camino hacia Itaca...

Hasta el primero de aquellos árboles. Aguanta sin aflojar...

Hace años ese esprint llegaba hasta más allá del último de esa frondosa chopera, y puede que ya nunca vuelva a llegar hasta allí. Pero si ahora se queda en el primero de los árboles, con la constancia y el esfuerzo irá llegando más lejos. Vuelven a dolerme las piernas, con esos pinchazos tan molestos y familiares. Pero incluso contra el viento soy capaz de recordar que en otros tiempos, detrás de esos pinchazos, a los que no solía hacer caso, venían momentos de recompensa, de largos trayectos, de velocidad, de ascensos interminables.

Sigo un poco más, pese al dolor de las piernas. Las sensaciones no son buenas, pero la fría objetividad del pequeño cuentakilómetros da una cifra inesperada de velocidad media. Un pequeño garabato en un pequeño chisme de cristal líquido es una bonita paradoja de lo pequeños que son a menudo los grandes estímulos. Cada vez el dolor va quedando un poco más en segundo plano, y la respiración da el ritmo al paisaje, que empieza a aparecer. Siempre pensé que era cuando se iba más despacio cuando se apreciaba más el paisaje. Pero en medio de la desazón del pedaleo hacia delante (sólo hay hacia delante) los campos verdes y los irredentos guijarrales componen un potente Pollock que fascina.

Las primeras casas y algún paseante me sacan de mi ensoñación, y me llevan hasta casa.

Es curioso cómo cualquier momento sobre una bicicleta supone una fiel y esclarecedora paradoja sobre la vida...

La sonrisa atómica

La sonrisa atómica

En tu sonrisa atómica están las de todas las mujeres que amé una vez. Aunque estés mucho más lejos de mi alcance que sumando lo lejos que estuve de cada una de ellas. Un mundo por en medio. Pero al tiempo tan cerca. Por tus ojos achinados, con tantas historias que contar, pasean al tiempo las imágenes mojadas de aquellos otros ojos. Y el olvido gesticula en tus manos para evocar unas manos siempre cálidas, siempre tendidas hacia mí, aunque demasiado lejos para mis entumecidos brazos.

Todo se parece cuando uno busca con ansia. Por eso tú te pareces, porque eres irrepetible. La vida baila al son de tus carcajadas y bajo el timbal de tus sollozos, esos compañeros ocasionales con los que tropiezas de tarde en tarde. Esos que visitan de tarde en tarde cuando se vive apasionadamente. Tu masiva vitalidad hace que la realidad se deforme a tu alrededor, y que el espacio - tiempo sea un poco más bello, las personas un segundo más felices, y los sentimientos y sensaciones libres y sinceros por un glorioso instante.

En tu sonrisa atómica, lejana pero cotidiana, firme y sincera, están todas las mujeres que amé en alguna ocasión. Tu sonrisa es, hasta para un encallecido peregrino de las dunas, un regalo inesperado, maravilloso y cotidiano. Porque está llena de vida, esa de la que eres una maestra, y una perpetua aprendiz.

Siempre recordaré que una vez te conocí.

Las ruinas de Alejandría

Las ruinas de Alejandría

En el cielo oscuro y estrellado de Alejandría un desconchón y una gotera anuncian el cambio de era. Ya no parpadea una vieja máquina, ingenio arcano, con sus luces titilantes y su cantinela a ritmo de mantra del próximo oriente. Hace tiempo que en Alejandría se oían siempre sugerentes canciones de todo el mundo, canciones que bailaban con el silencio, al ritmo de vidrios y cerámicas. Desde tiempo superior al que yo mismo puedo recordar, una bella mirada, siempre diferente, recibía la entrada a la ciudad. Ese Sancta sanctorvm en el que las constelaciones anunciaban un futuro mágico e incierto. Lugar de conspiraciones y de inspiraciones amorosas, en el que flotaba una cierta calma filosófica, bajo los ojos de Lucía, junto a las ventanas a otros mundos, frente a los ojos del deseo.

Hoy en Alejandría solo una lejana y vulgar cantinela venía de un pequeño radio despertador. El desconchón en el techo había permitido escapar a la musa. Hace tiempo ya que los ojos verdes dejaron de recibir al visitante, cada vez menos, cada vez más ruido de comercio, menos juglares, el sonido de aquel rabel. El silencio hoy en Alejandría no encontraba exóticas melodías con las que bailar.

Mis recuerdos tuvieron que abandonar Alejandría hace tiempo, camino del Ponto, sin certeza en su rumbo, porque Alejandría no es hoy más que una ruina evocadora y un tanto amarga.

Notas de una tarde lluviosa

La mente dispersa, perdida entre las rendijas de los baldosines.
Una tonta y repetitiva canción de amor.
Llueve. Siempre llueve, es cierto. Incluso me deleito mojándome entre los neones que saltan de los letreros y reptan por el asfalto. Llueve siempre, porque siempre ha de ser asi.
Otra tonta y repetitiva canción de amor. Los aleros son un bien codiciado en los días de lluvia. Como si el agua sobre nuestros párpados pudiese hacernos despertar de un amable letargo. Llovía debajo de mis párpados también, y aún así el letargo sigue pertinaz.
Era una lluvia esperada. Lo que tienen las esperas es que siempre terminan. Aunque nosotros hayamos terminado antes de esperar. Al final siempre terminan, y llega lo que debe llegar.
Otra tonta canción de amor. Tan tonta que aún me sé la letra después de largos años.
Creo que hoy sé menos que nunca. Y estoy más perdido de lo que jamás estuve. Aunque, eso es lo único cierto, he sido feliz por unos maravillosos e interminables minutos.
Hoy llovía de nuevo...Camino de Itaca

¿Hay alguien...?

El mundo es más dificil, sin duda. Sigue estando ahi para ir a por él, si, pero todo es más dificil. Casi inhabitable. Ahora que no estás en la parada del autobús. Detrás de la esquina. En el bar de siempre. En la acera grisácea de la grisácea calle.
Es curioso como lo inmaterial influye en la vida, en la ilusión. Cómo se cataliza la mirada si el filtro se tinta de una ilusión en ciernes, de una posibilidad intangible. Aunque sea inalcanzable y fatua.
Quien sabe si debería volver a creer en lo increible, como decía Heráclito. Al menos, algún que otro día saldría el sol...

El vellocino de oro

En realidad todo empezó aquel día. Ya había sucedido lo razonablemente sucedible, y a mi me causaba todo aquel dolor sin que, ahora lo sé, entendiese nada. Habitaba una extraña abulia, como la aparente normalidad de quien acaba de sufrir una pérdida encierra en realidad la incapacidad para asumir el golpe.

Y entonces apareció tu traje gris. El escote revocado con aquella camiseta de cuello alto delicadamente lila. Tus botas negras casi inapreciables. Venías hacia mí, sentado en mi barril al pie de la escalera. Aquel día había soñado contigo, lo recuerdo, soñé que te vería. Pero en mi sueño no había tanta ensoñación, tanta sorpresa, y toda la profunda excitación de lo que, sin duda, era un amor al que no le cabían medidas.

Quizá aquel día empezó todo. Como si no te conociese me enamoré de tí de nuevo. Como si no tuviese las heridas abiertas que laceraban mi alma. Como si no quisera recordar que no podría tenerte jamás. Como Sammy Jenkins, tratando cada nuevo día de conquistarte como si yo mismo no hubiese muerto en la batalla poco antes. Y empecé a quererte desde cero con la pertinacia del cabello recién rapado. Y a olvidar cada nueva derrota, cada nuevo deceso que me recordase que, en esta vida, no alcanzaría jamás el vellocino de oro.

Money...

Money...

No fuimos vecinos solitarios en el frío de Noviembre. No pasé a tu cama a acurrucar tu mirada vitriosa aquella noche sin luna. No nos quedamos, algún que otro día, dormitando entre el amanecer reflejado de la ventana de enfrente, despistando a la mañana que habría de borrar nuestro secreto.
Nunca leerás esto, porque quizá nunca lo he escrito. Porque probablemente ya ni existes en el doble fondo de mis sentimientos inescrutables. Pasé por aquella puerta, por tus ojos punzantes como besos, por los meses perdidos en el absurdo olvido fantasmal de un suceso inexistente. Y recordé que nunca fuimos vecinos, que nunca pasaste por mis sueños, que nuestras suertes no se cruzaban sino en el infinito. Que nunca pasó nada, ni estuvo tan siquiera lejos de pasar.

Como estas dunas se mueven a mi antojo, aunque este sea deplorable...

Cánticos del cierzo

Cómo en ocasiones, inesperadamente para nosotros, nos hallamos recogiendo sombras de recuerdos para construir nuestro paraguas melancólico. Sombras que no habíamos visto antes, después de miles de pasos por las aceras del recuerdo. Con las que uno se tropieza. Es curioso cómo la casualidad se comporta cuando uno no cree en ella. Toda esa casualidad repleta de nombres y caras que se encajan en forma de viejas fotos polvorientas de mi corazón. ¿Por qué se hace silencio en el bar justo cuando suena esa canción que ya no sonaba?, ¿Por qué cruza el autobús justo cuando perseguimos alterados los rasgos de esa melena pajiza tan emocionantemente familiar?. ¿Por qué has venido a mi a visitarme ahora? ¿O es que nunca te habías terminado de marchar?...
Olvidaba por amputación, incapaz de asimilar los caminos sin final, los finales sin final. Ese miembro amputado que aún parece sentir el frío y el calor, la tensión y la emoción. Y...¿sabes que? No hay ningún sitio suficientemente lejano al que uno pueda escapar huyendo de si mismo. Por eso estabas aquí esta tarde, en ese bar, en esa película, en esa canción, en esa carta, incluso en ese papel en blanco. Estas luces ventosas de la noche son como las de aquel día, ¿recuerdas?. En realidad no lo son, ni hacía viento, ni fue nunca de noche. Es sólo que en ningún sitio hacía tanto frío como en mi corazón. Por eso he vuelto. Estas guapa como en aquel recuerdo casi borrado, y yo sigo teniendo aquel mismo miedo excitante del primer día, cuando aún no sabía cuanto dolor cuesta amar...

El señor de las arenas...

Hace tiempo que observo desde esta afilada duna.

Ni siquiera recuerdo cómo había llegado hasta aqui. Tanto que, por un tiempo, pensé que éste es mi sitio, mi hogar, mi reino. Aqui, donde las arenas cabalgan sobre el simún para arañarme los pómulos. Donde el chacal y la serpiente señorean la luna llena. El reino de las arenas sigue a mi mano, responde a mi cálculo, dá vueltas al eje de mi olvido entumecido. Olvidaba que llegué aqui huyendo, escondiéndome en el desierto en el que nadie se adentra. Y que llegaría el día de volver. Desde esta alta duna las ténues luces del horizonte daban el equinoccio...

El dulce olor a la tierra húmeda me recuerda que ya estuve aqui...Hoy he vuelto.

El hombre de la Parker amarilla...

Un día, probablemente ventoso como hoy, comía con un hombre de cierta influencia y responsabilidad en el mundo de la cultura de Aragón. Habíamos quedado para hablar del asunto que teníamos entre manos en aquel momento, que era el que, por otra parte, nos había juntado a ambos en un viejo pero agradable bar de comidas de Zaragoza...

"Cuando yo era pequeño, tenía el sueño de tener una pluma Parker. Ya ves, algo que es una cosa muy simple y nada sofisticada. Pero perseguir aquello es algo que me movía, me animaba a intentar hacer cosas y conseguir algun dinero etc. Asi que, cuando trabajé y conseguí mis primeros dineros, fuí a una tienda vieja de estilográficas y me compré la pluma Parker. Era preciosa, con la carcasa amarilla. Pero, ¿sabes que? al final era una pluma. Escribía como las demás, y la tapabas como las demás. Estaba ahí, en mi bolsillo. Era mi sueño. Pero ya lo había alcanzado..." se detuvo un poco; dando a su habitual aspecto monolítico una pátina de humanidad "Esta bien tener sueños, es la única forma de vivir con ilusión en realidad. Pero alcanzarlos da vértigo, un vértigo mortal. Y a veces si se supera ese vértigo, puede que uno descubra algo más terrible aún: que detrás del sueño, no hay más que el estímulo de alcanzarlo"

Hay sueños que siempre me han acompañado. Es higiénico incluso. He alcanzado algunos. Algunos me han abandonado para siempre. ¿Que hay detrás?...

"Vértigo. Estímulo. Sueño. Ilusión."

Otros sueños...Sammy Jenkins