El señor de las arenas |
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Tú ves que el agua es más blanda que la piedra, pero si mucho pasa sobre ella, al final le hace rastro
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Se muestran los artículos pertenecientes a Agosto de 2005. Luna de agosto Era el concierto perfecto. La canción perfecta. El lugar perfecto. Esas guitarras afiladas sobrevolándome, voces y saltos como telón de fondo. Esa canción extrañamente desasosegante, dolorosamente afectiva, próxima. Como en esos vídeoclips en los que una masa de gente se ve ralentizada. Buscaba tu nariz apuntando hacia el escenario, o un poco más arriba. Ese flequillo, algo retrasado,acariciándote las cejas, que instantes antes abanicaba las nucas de quienes estaban delante de ti. El contacto de tu mano, si, también. No sé por qué, pero lo busqué. Quizá tu cintura estrecha, esas caderas que siempre te parecieron anchas, y a mi siempre sección áurea. Sabía que me sonreirías cuando te dieses cuenta de que te miraba. Y que ni siquiera tendría que forzar la voz con los labios sobre tus oidos para decirte nada. Para decirte lo que sabías solo con mirarme.Era el concierto perfecto, aquel en el que siempre soñé que estarías conmigo. Pero no estabas. Arenas... El horizonte. La proximidad,hacia atrás es hacia delante, ya no existe.Cuentos de la luna pálida de agosto Habia pasado un par de veces a mi lado, mirándome de reojo mientras un hombro y la cadera seguían un ritmo balcánico con seductora indolencia. Su cintura, vagamente oculta bajo una especie de peto, incapacitaban para ver nada mas alli. Ni dardos, ni luces, ni gente entrando y saliendo. Supe que algo especial iba a suceder cuando se acercó a mi, lentamente, sin dejar de seguir aquel ritmo de tambores, cajones y trompetas.Me habló al oido. Las luces pardas y el olor de psicotrópicos dejaban de existir junto a aquellos insospechados ojos azules de larga melena negra. Volvió a marcharse hacia el fondo. Los recuerdos salían huyendo por la ventana para dejar sitio a la emoción y la sensualidad. En aquel lugar enigmáticamente mágico, en aquel tiempo aparentemente inofensivo. Alli sucedió todo. Una pasión sin medida, miradas eléctricas, sonidos acústicos, y caderas rítmicas. Lo inesperado, lo deseado, lo soñado. Aún recuerdo a cada momento las últimas y sugerentes palabras que me dijo acercándose a mi, mirándome con sus ojos imposibles, hablándome al oído, como si aquellas palabras no debiesen perderse nunca. Acercó sus labios a mi cara, poniéndo los codos sobre la barra, y me dijo: "Son once con cuarenta" |