El señor de las arenas |
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Tú ves que el agua es más blanda que la piedra, pero si mucho pasa sobre ella, al final le hace rastro
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Se muestran los artículos pertenecientes a Septiembre de 2005. Sobre un breve viaje a Madrid Es una calle cualquiera, solo apta para perdidos, indígenas o peregrinos que buscan algún inocuo santuario. Por tanto un bar cualquiera, con restaurante y una minúscula barra a la que sus formas curvorectas hacen parecer aún más minúscula. Una mujer madura y ajada se apoya en un café con leche con algunas lentas palabras hacia la camarera, a la que aún no he conseguido ver la cara, después de tres cortados un carajillo y un revuelto. Debe de haber gente en el comedor, pero no viene demasiado ruido, quizá porque es sábado y los que tienen que trabajar tampoco están muy locuaces. La señora ajada insiste en sus lentas y carraspeadas palabras con la camarera "Anda que lo de Nueva Orleans..." dice mirando a la televisión. Hasta ese momento no había reparado en que existía una TV, uno de esos plasmas agazapados en un rincón, proyectando un infecto canal musical. La mujer ajada miraba a la televisión solo por escenificar. "Vaya problema" contesta la camarera, con su melena negra y sus gafas alargadas. Es delgada, y alta, con una larga melena negra recogida en una elegante coleta. Pero su camisa blanca y pantalón negro de alta escuela la hacen parecer una bailarina del Bolshoi cuando salta de la máquina de café a la registradora, y devuelve cinco céntimos brillantísimos a un joven con mono azul al que, inexplicablemente, no había visto en la esquina de la barra. Mientras miro de reojo a la tienda de la otra acera, que todavía no abre, se hace fuerte en la banqueta de mi izquierda una anciana señora que había saludado con familiaridad "Buenos días Ana", y luego repitiendo el saludo por su nombre de pila con la mujer ajada, el joven del mono azul que se había cruzado en la puerta, y un taciturno lector de periódico que aspira un café con leche de pie junto a la escalera. Ana contesta educadamente, y se pone de inmediato a prepararle una tostada "La tostada ¿verdad?". La anciana coge con dificultad una servilleta del servilletero que está delante de mi café cortado, y la pone parsimoniosamente sobre la barra. A continuación comienza a sacar pastillas de un pequeño monedero, de colores variados, tamaños insospechados y aspectos amenazadores. "Si no tienes tostadas ponme un tortel, Ana, no te pongas a hacerla solo para mi" le dice a la camarera. Pero Ana insiste en hacer la tostada, varias veces contra la insistencia de la anciana en no molestar, hasta que la insistencia de ambas está a punto de hacerse molesta para los demás, que observan la escena aparentemente rutinaria.Un ruido de plásticos detrás de mi me recuerda que la tienda no ha abierto aún, y tengo ya alguna prisa por ver todos esos artículos tan apetecibles. No sin cierta dificultad por las varias horas de autobús y algún transbordo de metro, me giro para comprobar que el ruido de plásticos proviene de un enorme ramo de rosas tras el cual se parapeta un repartidor treintañero con una sonrisa entre pícara y tierna. Dice un nombre que empieza por "Ana", a lo que la mujer ajada responde con una melancólica exclamación. "¡Que bonito!" dice mientras una sonrisa abrileña sorprende a su arrugada boca. Ana afirma con seriedad "Soy yo", mientras recoge el ramo sin mover un músculo de su afilada cara. "¿Es Nacho?" pregunta la mujer ajada, a lo que Ana responde con un lacónico "No", acompañado de una marginal sonrisa a nivel de comisura. "Y esto" añade el repartidor alargando a Ana una pequeña cajita con aspecto de encerrar una petición de matrimonio, una disculpa o un perdón dificultoso. Ana lo recoge con rígida sonrisa, mientras la anciana de las pastillas y la mujer ajada cruzan sus melancólicas miradas en busca de algún recuerdo traspapelado. Ana firma la entrega, y recoge el ramo de flores en la trastienda del bar. Sale de nuevo a la barra con una tímida sonrisa sobre su camisa blanca. Las mujeres continúan esperando una confesión que no llega, mientras sigue preparando la tostada de la anciana de las pastillas. "Un euro" me dice. Dejo la moneda sobre la barra, mientras un hombre manchado de pintura blanca ocupa educadamente la banqueta que acabo de dejar caliente. La mujer ajada sigue sosteniéndose sobre su café con leche mirando de reojo al ruidoso ramo de rosas. La anciana de las pastillas corta con dificultad la tostada, y descubro que el joven del mono azul nunca llegó a salir del bar, y sigue apostado en el extremo de la barra. Al salir por la puerta, dejando entrar a otro muchacho con mono de trabajo, tropiezo con la voz de Ana "Gracias, hasta pronto". La calle anodina sigue ahí, y la tienda ya ha abierto. Es sábado por la mañana, y la poca gente que anda por la calle acierta a duras penas a refugiarse en los pocos bares que están abiertos... Astrolabio negro El horizonte de afiladas dunas. Arenas, quizá de la mente, fallizas, movedizas. Entonces ¿Hacia donde? cualquier dirección ofrece suficiente garantia de vacuidad. O quizá más concretamente ¿Para que?. ¿Hasta cuando?. Tomar la decisión de ir hacia ninguna parte. O, para ser precisos,hacia la nada, de la que se procede. Este frío y afilado viento...de la infancia Nube negra Cuando busco el verano en un sueño vacío,cuando te quema el frío si me coges la mano, cuando la luz cansada tiene sombras de ayer, cuando el amanecer es otra noche helada, cuando juego mi muerte al verso que no escribo, cuando sólo recibo noticias de la muerte, cuando corta la espada de lo que ya no existe, cuando deshojo el triste racimo de la nada. Sólo puedo pedirte que me esperes al otro lado de la nube negra, allá donde no quedan mercaderes que venden soledades de ginebra. Al otro lado de los apagones, al otro lado de la luna en quiebra, allá donde se escriben las canciones con humo blanco de la nube negra. Cuando siento piedad por sentir lo que siento, cuando no sopla el viento en ninguna ciudad, cuando ya no se ama ni lo que se celebra, cuando la nube negra se acomoda en mi cama, cuando despierto y voto por el miedo de hoy, cuando soy lo que soy en un espejo roto, cuando cierro la casa porque me siento herido, cuando es tiempo perdido preguntarme qué pasa. Sólo puedo pedirte que me esperes al otro lado de la nube negra, allá donde no quedan mercaderes que venden soledades de ginebra. Al otro lado de los apagones, al otro lado de la luna en quiebra, allá donde se escriben las canciones con humo blanco de la nube negra. "Nube negra", Joaquin Sabina, "Alivio de luto", 2005. Joaquín Sabina, con letra de Luis García Montero. Música Pancho Varona y Antonio García de Diego |